Los amantes de la Santa Muerte (y II)

La mara Dos Erres no consiguió liquidar a Darío aquel día para evitar que el Yaragüé lo relacionara con ellos. Darío se olió que podía acabar como cabeza de turco y huyó de la colonia. A todo el que vio dejó dicho que atentó contra el Yaragüé a sueldo de la mara Dos Erres. La guerra entre bandas fue inevitable. Ahora Darío hace trabajos para la Dos Erres: liquida a fieles del Manco Yaragüé.

Escondido en un condominio de la colonia Filadelfia, una enorme colmena de chamizos y edificios contrahechos, utiliza a críos para que le pasen los encargos y cobrarlos. No se fía tampoco de la Dos Erres. Entre ambos existe una relación de interés. Cuando ésta finalice llegará la hora de pasar cuentas y cobrárselas.

Darío aprovecha la noche para visitar a su madre. Sentado en el salón de su antigua casa da cuenta de una botella de Herradura y soporta estoicamente los reproches de doña Lupe.

—En qué chingadera te has metido, Darío. Te previne sobre esa chica... Cómo se te ocurre matar a gente.

—Es un laburo como otro. Se cobra una buena lana, como bien sabes por las remesas que te envío.

—¡Te reportarán a la Procuradoría! Acabarás en el reclusorio —sentencia hoscamente.

—¿Por pasaportar a delincuentes? ¿A quién le importan los malasombras? Madre, ¿cuánto hace que no ve a un poli o a un milico por aquí? —se ríe con ganas.

—Tienes que escapar, mi niño. Te has ganado muy malos enemigos.

—Gracias a la calidad de mis enemigos todos me respetan ahora. Y me temen —remacha con un deje de orgullo.

—Por desgracia, cada vez te pareces más a tus enemigos —le acusa con acritud—. Vete. Vete antes de que te maten. De la calle me han llegado amenazas contra ti —confiesa asustada—. Que si te van a sellar los ojos con pegamento y luego te ahogarán en una bañera llena de excrementos. Huye y no me hagas sufrir más —le suplica doña Lupe.

—El mundo en el que vivimos es una enorme cárcel, madre. No hay donde huir. Pago a gente para que proteja mi escondite. Y no me marcharé a ninguna parte sin Layda —dice con firmeza—. ¿Cómo está ella?

—Te han hechizado, hijo —lloriquea la mujer sin responder la pregunta.

—Se preocupa en vano, madre. ¿Acaso no me ocupo de ustedes? Ahora gano más plata que nunca.

—¡Está manchada de sangre! —explota encolerizada.

—El justo se regocijará cuando, sediento de venganza, lave sus pies en la sangre del malvado. Lo pone en el Libro de los Salmos, madre —se justifica.

—Darío, ¿no te das cuenta que desde que te hiciste gatillero la justicia se apartó de tu lado? Tú mismo te has convertido en un malvado, en un monstruo.

—Me insulta, madre, y no quiero discutir con usted —cierra los puños, enrabietado—. ¡Es que no la entiendo! Al genocida de Cortés le llamaban conquistador por masacrar a miles de nuestros antepasados. ¿Acaso soy peor que él, cuando sólo liquido a pendejos? —doña Lupe suspira.

—Quisiera creer que esa cusca de Layda te hará feliz. De verdad te lo digo. Porque no te reconozco con tanto cambio para mal —la mujer entorna los ojos como si no viera bien—. Ojalá la consigas y dejes de matar de una vez. No te conozco. El Darío que me acompaña ahora no es mi hijo.

—¡Claro que no soy el mismo de antes! He madurado, madre. Me cansé de poner la otra mejilla. Ahora los golpes los doy yo —se levanta del sofá y se acerca a la ventana, a vigilar—. Dígale a Omar que me busque. Necesito un motorista de confianza.

—Mientras no cambies de vida no quiere saber nada de ti. Eso me dijo.

—¡No me entienden! —protesta resentido—. Quien sigue la ley no llega a nada porque este sistema se creó para someter a los débiles.

De pronto, el runrún callejero enmudece. Darío aparta un poco la cortina. No hay niños jugando a pelota. Desaparecieron los abuelos sentados en sillas de mimbre cotilleando en el portal de enfrente. Hasta los perros dejaron de ladrar. El joven da un beso en la mejilla a su madre a modo de despedida.

—Cierre puerta y ventanas en cuanto salga. Y pase lo que pase, no salgan de casa.

—Nunca corras más rápido que tu ángel de la guarda, hijo —le susurra, intentando controlar el tembleque del labio inferior, sofocando las lágrimas con un rápido revoloteo de los dedos.

Darío sale a la escalera. Se pega a la pared. Abajo, unos pasos se detienen, a la espera. Alguien se ha chivado de su llegada. Al joven no le sorprende. Todo tiene un precio y la dignidad se vende barata, máxime cuando la necesidad aprieta.

Sólo le queda huir por el terrado. Echa a correr, sube los escalones de tres en tres. Detrás, los pasos toman brío, acompañados de gritos de alarma.

—¡Escapa por arriba! —alerta una voz ronca.

Estampidos secos ladran a espaldas de Darío. Entra en la azotea con la pistola por delante. Se detiene en seco. Mira a diestra y a siniestra por si también le esperaran allí. Al no ver a nadie reemprende la carrera. Toma impulso y salta a la terraza del edificio contiguo. Cae rodando sobre sí mismo. Jadea por el esfuerzo y la tensión. Salta varios techos más como un gato callejero. Suenan nuevos gritos. Varios fogonazos iluminan la noche como luciérnagas borrachas. No saben dónde está.

Esa noche Darío consigue dar esquinazo a sus perseguidores. Si son gentes del Manco Yaragüé, de la Dos Erres, o cazarrecompensas tanto le da. Hoy han ido a por él. Mañana tal vez Darío vaya a por alguno de ellos.

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Mientras limpia una pistola, Darío se reconcome pensando en Layda. De fondo le acompaña la musiquita de los comerciales de la televisión. Suena el timbre del videoportero. Darío deja la pistola desarmada y recoge otra que descansa en su bandolera. Conecta la microcámara colocada sobre el dintel de la puerta de la calle. Un crío de aspecto desnutrido aguarda, mira nerviosamente a uno y otro lado.

—Sube —ordena Darío, mientras desbloquea el seguro de la puerta.

Un niño entra en la habitación con paso inseguro.

—¿Qué onda, Miguelín? ¿Pudiste entregarle el anillo a Layda?

—Directamente, no. Se lo pasé a una de las que limpia el Sherezade, don Darío —desde que Darío se convirtió en un reconocido asesino el crío le trata de usted.

—Entonces no sabes si le gustó —dice decepcionado Darío. El crío se encoge de hombros—. Imagino que sí —se anima—. ¿Qué se cuenta por ahí?

—Que el Manco se ha hecho una barridita de pirul, pa’limpiarse del mal de ojo y de todas las maldiciones que le ha lanzado usté.

—¡Vaya babosada! Pa’lo que le va a servir —se jacta—. La Santísima Muerte está conmigo —asegura convencido—. ¿Cómo marchan las balaceras?

—Depende de quién lo cuente —responde con seriedad el niño—. Las dos partes sufren pérdidas. Muchos platican si no llegó la hora de sellar la paz, no sea que al final todos pierdan más de la cuenta.

—Ese don Seíto es un pinche cobarde. Pensó que iba a ser un paseíllo y en cuanto el asunto se torció un poco no ha hecho más que ir a remolque de ese puto Manco.

—Los grilleríos dicen que esto fue demasiado lejos. Los Tik—Tik permanecen atentos como buitres por si los Yaragüés y los Dos Erres acaban tan debilitados que tuvieran chance de hacerse con toda la colonia. Ni el Yaragüé ni don Seíto permitirán que esta chingadera se les vaya de las manos.

—Caimán no come caimán, ¿verdad? —bufa enfadado el pistolero.

—Cuando truenan los cuetes todos pierden —expone Miguelín con una lucidez impropia de un niño de su edad.

—Luchamos entre nosotros porque no podemos alcanzar a los ricos, protegidos por sus mercenarios, tranquilos tras las murallas de sus barrios privados —escupe Darío.

—Dos emisarios de ambas familias se han reunido. Quieren fijar una tregua. Luego firmarán las paces.

—Ya daré motivos a la Dos Erres para que no desistan ahora. No, hasta que yo no consiga lo que es mío. A mí don Seíto no me chingará. Le voy a dar una sopa de su propio chocolate a ese pendejo —saca un billete de la cartera—. Ten, Miguelín. Pa’salir de reventón con tus compas. Si te enteras de más novedades vuelve.

—Faltaría más —baja la vista y duda un instante, antes de volver a hablar—. Si no le importa, prefiero gastar la lana en matricularme en una escuela de Química.


—¿A qué ese interés por la ciencia? —se sorprende Darío.

—Es por ayudar a la familia... mi papá trabaja de coyote pasando perico pa’un narco de Sinaloa. Así nos podríamos independizar —explica con orgullo.

—Estudiar no es malo, aunque a mí no me sirvió de mucho. La vida no se aprende en los libros, ni dentro de una aula. La experiencia se encuentra afuera, en la calle, la verdadera universidad de la vida.

—Eso mismo dice mi papá. También dice que los listos ganan más plata y tardan más en morir. Yo quiero ser listo. Ya he pasao muchas penas y privaciones.

—Bueno, en tu caso el estudio será preferible a ejercer de mula con tu papá, tragándote esas pepas llenas de mierda, siempre con el riesgo de que estallen en el estómago y te maten. Mejor fabricar que transportar —piensa durante un momento—. Si te dedicas a la Química tendrás que buscarte a gente como yo, a quienes les guste más la Física —voltea la pistola con un dedo por la guarda del gatillo.

—Imagino que’so no será muy difícil, ¿verdad?

—No, supongo que no —concede Darío. Abre un cajón y saca un pliego—. Que no se me olvide. Entrega este poema a Layda. Lo he escrito especialmente para ella —afirma orgulloso. El papel doblado está envuelto en un billete de cien pesos.

—Gracias y con Dios, don Darío. ¡Bay, bay!

—Que la Niña Blanca te proteja —le despide el pistolero. La sonrisa franca del crío deja a la vista una boca en la que faltan muchos dientes.

Darío se levanta del sofá. Se arrodilla ante el altar casero. Inicia el ritual agitando una maraca ante la figura marfileña de la Santa Muerte para convocarla. A continuación enciende un puro y arroja el humo a la huesuda. Cuando chupa el cigarro sus mejillas se hunden y su rostro parece tan cadavérico como el de la Santa. Concluida la primera fase, enciende una vela roja. En una bolsita de cuero mete una estampa de la Santa, una foto de don Seíto, una pizca de canela en rama, pétalos de rosa roja y tierra. Reza en silencio mientras cose la bolsa con hilo rojo. Bautiza la bolsa con unas gotas de tequila y se la cuelga del cuello. Inspira y expira con fuerza varias veces y se levanta.

Comprueba la munición de las pistolas. Se toma una rochita con un trago de tequila y sale del apartamento. Tiene una misión que cumplir.




La contaminación oculta las estrellas. La mayoría de las farolas no ilumina: unas rotas, otras porque la compañía eléctrica cortó buena parte del suministro al ayuntamiento por moroso. Así resulta fácil refugiarse entre las sombras de la noche. Darío se frota las manos para calentarlas. La espera ha resultado larga.

Sale lentamente un coche de un garaje. Con los prismáticos de visión nocturna el joven observa que dentro va Don Seíto. Otro auto le escolta. Se coloca el casco y marcha tras ellos en moto. Se mantiene a una distancia prudencial, oculto por otros autos y camionetas, con las luces apagadas mientras circulan dentro del territorio de la Dos Erres. Darío supone que van de visita a una de las queridas del viejo capo. Tanto le da.

Al llegar a un cruce, un semáforo se pone en rojo. Letras sangrientas ordenan “Alto”. Los dos coches se detienen. Darío acelera. Se detiene entre ambos vehículos. Saca una mina lapa de debajo de la cazadora y la adosa al automóvil blindado de don Seíto. Cinco segundos después, justo antes de que reaccionen los escoltas y desenfunden, se gira y ametralla su coche, una ranchera normal, sin blindar. Cuatro tipos ensangrentados reposan en una tumba metálica agujereada.

El coche de don Seíto chirría las ruedas. Huye en vano, porque a los pocos metros la bomba explota. El auto se levanta por la parte trasera, da dos vueltas de campana en el aire y acaba arrumbado en el arcén. Darío llega tranquilamente a su lado. Se baja de la moto y remata a los heridos, atrapados entre los hierros.

—Presumes de pavo real y ni a zopilote llegas —se burla del moribundo Don Seíto mientras vacía el cargador sobre él y sus acompañantes. De un bolsillo saca un ramillete de cempazúchitl. Arroja las flores amarillas sobre el cadáver. Es una señal característica que dejan los pistoleros del Yaragüé sobre sus víctimas—. Te homenajeo como hacían nuestros antepasados por ayudarme a debilitar al Manco. Los monstruos, como me llama mi madre, también tenemos corazón —se ríe, cruel.

Un coche entra derrapando en el bulevar. Se acerca a toda velocidad. Darío tercia la AK—47 en el pecho y sube rápidamente a la moto. Dos tipos asoman por las ventanillas. Empiezan a dispararle. El joven huye dando gas a fondo. Zigzaguea, pero una ráfaga le alcanza en la rueda trasera. Pierde el control de la moto y cae, levantando chispas del asfalto. Se levanta con la pierna y el brazo izquierdos magullados. Reprime un gesto de dolor y se fuga a pie, renqueando.

Se interna por callejas para evitar que le siga el auto de los Dos Erres. Sus ocupantes deben abandonarlo y proseguir la cacería a pie. Darío llega a una plazoleta solitaria. Al fondo una iglesia, en cuyo portón se lee un cartel escrito a mano que dice “El pecado os atrapará”, ofrece su puerta abierta. Entra en la parroquia. Sus pasos resuenan como palmetazos en el silencio del templo.

El cura, atraído por el ruido, sale de su despacho y entra en el altar.

—¿Qué pasó aquí? ¿Quién es usted?

—No es un buen momento para presentaciones, padre. Me persiguen y vienen hacia aquí —fuera se oyen los gritos de los perseguidores. El cura, plantado en medio del pasillo, no le permite pasar—. Me llamo Darío Arapiles. ¿Contento?

—Tú eres ese joven pistolero del que tanto platican en la colonia —le reconoce con gesto disgustado—. ¡No matarás, rezan los Mandamientos! —brama—. ¡Idólatra! Me horripila pensar que veneras un esqueleto erigido en protector de todo tipo de delincuentes —el rostro del cura se enciende por la ira—. ¡El culto a la Santa Muerte va contra las Sagradas Escrituras! —Darío le apunta con una pistola. No es un buen momento para soportar sermones.

—¡Cállese de una vez! Conseguirá atraer la atención de quienes me persiguen.

—¿Me dispararás si no me callo, muchacho? Entonces seguro que entrarán aquí. No tienes ni modo —el joven se muerde el labio inferior—. Júrame por lo que más quieres que reniegas de ese culto satánico. En caso contrario tus perseguidores te encontrarán.

—¡Usted no puede hacerme eso!

—¿Quieres comprobarlo, hijo?

Darío tiembla de rabia. Guarda la pistola en su funda. El sacerdote lo tiene en sus manos. Sabe que ha de ceder para salir con bien de este trance.

—Le rindo protesta que por el amor de Layda reniego de la Santa Niña Blanca.

—Bien. Y ahora que desmontarás el altar que tienes en tu casa como todos sus satánicos adoradores, y que llevarás la imagen que veneras a la catedral. Allí la colocarás a los pies del Altar del Perdón, donde está el Cristo del Veneno, como muestra de arrepentimiento.

—Lo juro —dice Darío con tono triste y amolado.

—Bien, hijo. Dios te perdonará.

—Ese es su trabajo, ¿sí? —reconoce derrotado con un hilo de voz.

El mío será que la Santa Muerte también me perdone por la traición, piensa intranquilo.




Darío, aovillado en el sofá, sufre una pesadilla. Sueña que la Santa se burla de él, sus dientes nacarados claquetean al reír, su mandíbula se descoyunta para intentar tragárselo. El joven suda. Tiembla. Se le reseca la boca. Despierta sobresaltado, boqueando como si alguien hubiera querido estrangularle.

Le llega un timbrazo insistente desde la puerta. No sabe si suena desde hace cinco segundos o desde hace cinco minutos.

Miguelín entra excitado. Los ojos chispean y mueve las manos sin cesar.

—El Manco Yaragüé estará dentro de una hora en la Escuela Coronel Fernando García. Parece que saldrá con poca escolta.

—Irá a ver a uno de sus hijos ilegítimos... o a una de sus maestras —apunta Darío.

El pistolero duda. No lo tiene claro. Desde que renegó de la Santa su estado de ánimo no es el mismo. Sin embargo, no se engaña: ha llegado a un punto sin retorno. Sabe que ni puede esconderse eternamente ni sobrevivirá mucho tiempo con su ocupación actual. Tal vez sea la última oportunidad para acabar con su enemigo y liberar a Layda. Tiene dinero suficiente para comprar a diez Laydas, pero el Yaragüé no se la venderá ni por todo el oro del mundo. Ahora su posesión es cuestión de honor, y no hay nada más valioso para quien depende no sólo de la fuerza para sobrevivir y medrar, sino también del respeto y el temor de los demás.

—Okey, Miguelín. Ha llegado la hora de la hora —suspira—. Voy a prepararme.

Conduce la moto tranquilamente. Esta vez no ha tomado ninguna rochita. Quiere, anhela matar al Yaragüé. No desea que ninguna droga enturbie ese placer, el éxtasis de verle morir por su propia mano.

Detrás del patio de la escuela, en la que él había estudiado de pequeño, hay un almacén abandonado. Allí se escondían cuando se escapaban de clase para jugar, fumar o realizar otras actividades prohibidas. Desde esa atalaya privilegiada vigilará la llegada del mafioso. Desde allí saldrá a por él. Al llegar, deja la moto apoyada en una pared, en la parte trasera del barracón industrial.

De la escuela llegan los ecos de los preparativos de la fiesta de fin de curso. En el patio, un nutrido grupo de estudiantes baila un narcocorrido de Nanaoxi Cheneke, el nuevo ídolo de los adolescentes.

Me gusta andar por la sierra, me críe entre los matorrales.
Ahí aprendí a hacer las cuentas nomás contando costales.
Me gusta burlar las redes que tienden los federales.

Los amigos de mi padre me admiran y me respetan,
y en dos y trescientos metros levanto las avionetas,
de diferentes calibres manejo las metralletas.

Darío sube con cuidado por unas escaleras semiderruidas hasta la segunda planta. Una gran sala vacía da a la escuela y los ventanales rotos permiten controlarla. Tres chicos, un poco más jóvenes que él, sentados en el suelo lleno de escombros, se pasan una pipa humeante.

—Hola, bróder —le saluda a las espaldas una voz conocida. Darío se revuelve.

—¿Qué haces tú aquí? —inquiere sorprendido.

—La Señora reclama el pago de lo que le prometiste: un corazón —sentencia seriamente Omar. Se levanta las mangas de la camiseta. En el antebrazo derecho luce el tatuaje de una calavera; en el izquierdo, el de una rosa blanca.

Darío conoce lo que esos dibujos significan. Es un consagrado, como era él antes de renegar. Entonces intuye el motivo de la presencia de Omar. Demasiado tarde, porque Omar empuña una pistola.

—¿Me vas a matar?

—Delante de los niños, no. ¡Largo de aquí! —Omar grita al trío, que le mira con ojos vidriosos—. ¡Fuera, ya! —les encañona y salen corriendo, tropezando con las piedras—. Entra en la otra habitación —señala con el arma—. El chamán tal vez te dijo que la Señora es como una madre. Falso. En realidad se comporta como una amante celosa. Recibes sus favores mientras la complaces. Pero si te atreves a contrariarla, sobre ti cae todo el peso de su castigo.

—¿Por qué tú? Eras mi carnal —susurra Darío sin comprender.

—El mucho o el poco amor que sentía Layda por ti desapareció en cuanto enloqueciste y te volviste un loco del gatillo fácil. En el amor recibes según lo que entregas. Tú sólo le diste disgustos y ahora lo único que le darías es mala vida. ¿Qué futuro le espera de marchar contigo? ¿Huir permanentemente? ¿Vivir siempre a escondidas, con el miedo en el cuerpo, esperando el maldito día en que dieran con vosotros y se tomaran cumplida venganza? No, Darío. En eso no hay amor ni felicidad posibles.

Darío asiente con la cabeza lentamente. Empieza a entender.

—Siempre intentaste que la dejara... Tú la quieres para ti, ¿verdad? ¡Hijo de la gran chingada!

—El Manco Yaragüé ha prometido entregar a Layda a quien acabe contigo, junto con cien mil pesos —explica con tono neutro—. Más que suficiente para empezar una nueva vida lejos de aquí, en Titán.

—¡Traidor! —el grito de odio enronquece la garganta de Darío.

—Todos llevamos dentro la marca de Caín —dice Omar con fatalismo—. Tú te has portado como perro rabioso. Has mordido demasiadas manos. Ya nadie te quiere... con vida. Estás fregado, pendejo —amartilla la pistola.

—¡Pinche traidor! ¡Ella es mía!

—Abre los ojos, güey. Nunca fue tuya, más allá de tus sueños.

Darío salta sobre él. La pistola de Omar responde al grito de su antiguo amigo. Las balas detienen el impulsivo avance de Darío y lo lanzan de espaldas. Muere antes de chocar contra el suelo.

Omar se inclina sobre él. Extrae un cuchillo de caza de una funda de cuero alojada en su bota. Tuerce el gesto, renuente, y al final lo hunde en el pecho de Darío hasta extraer su corazón, todavía palpitante. Lo guarda en una bolsa de plástico. Se levanta, las manos y el pecho salpicadas de sangre. Se limpia las manos con la cazadora de Darío. Mira a la cara del cadáver y extrae una rosa blanca de un bolsillo. La deposita con cuidado en los labios del muerto. La Santa Muerte se ha cobrado su deuda.

Omar saca un celular.

—¿Layda? —sonrisa de Omar—. Todo bien. Prepara las maletas. Nos vamos a Titán...


El tigre a mí me acompaña porque ha sido un gran amigo,
maestro en la pista chica además muy precavido,
él sabe que en esta chamba no es bueno volar dormido.

Por ahí andan platicando que un día me van a matar.
No me asustan las culebras, yo sé perder y ganar;
ahí traigo un cuerno de chivo para el que le quiera entrar.


Las moscas revolotean en torno a Darío, como si bailaran al son de la música que brota de los altavoces de la escuela.

5 opinantes:

Té la mà Maria dijo...

si puedes pasa, gracias

manu dijo...

Voy pa'llá.

acolostico dijo...

si ya veía yo que no iba a acabar bien el Darío este...

manu dijo...

Como cantaba Armando (creo), "pringao, que eres un pringao". Darío, lo que mal empieza mal acaba.

santa m dijo...

La santa muerte esta bien si quieres adorarla pero yo pienso que es neutral!
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