Cualquier noche puede salir el sol

El cliente de la cabina 17C ha muerto tres veces en la última hora y parece que va a intentarlo una cuarta vez. El récord lo ostenta un espigado colono lunar de segunda generación. Le recuerdo por sus rasgos de calavera, por la piel translúcida que colgaba de su cara como una mortaja. Murió seis veces. Al séptimo intento el equipo de reanimación no pudo resucitarlo. Su holograma se guarda en nuestra Galería de Honor.
Varios curiosos rodean al temerario, enganchados a la contemplación de los temblores epilépticos generados por las descargas neuroempáticas, hechizados por el rictus mezcla de dolor y placer que cruza su cara. Al lado de la cabina refulge una pantalla virtual con las apuestas que se cruzan sobre las posibilidades de sobrevivir del suicida. Letras rojas como el hilillo de sangre que brota de la nariz del aspirante anuncian que el cuarenta y cinco por ciento cree que se retirará en el próximo intento, mientras que el sesenta por ciento opina que no superará a Hulmo el Selenita. Los espectadores se arremolinan en torno al candidato a récord, activando sus ordenadores corporales y tecleando sus apuestas. Cualquiera puede ser en protagonista en Paradiso.
Para quienes lo visitan por primera vez es un pandemónium de luces multicolores, una fusión agotadora de músicas tecno-étnicas y mensajes publicitarios subliminales. Es una torre de babel repleta de oportunidades para quienes están dispuestos a hacer realidad sus sueños, siempre que el precio a pagar no les importe. Unos dicen que es un antro de depravación, otros lo tienen por el mejor centro de diversión. Para los que prestamos nuestros servicios en la Casa es un trabajo mejor que otros. Simplemente.
Dejo atrás las últimas cabinas, todas ocupadas, capullos translúcidos que incuban sueños y deseos, placer y tormento. Mientras espero la llegada del ascensor a través de los altavoces se invita a participar en la lotería genética. El primer premio consiste en una regeneración completa hasta alcanzar un noventa por ciento del índice de pureza racial estándar. Se recuerda, con cierta dosis de ironía, que esta oferta no es válida para todos los que sufran mutaciones. Al equipo de abogados de la Casa se le paga muy bien para que no queden cabos sueltos. Antes de entrar tengo tiempo de escuchar la lista de premios menores: cambio total de sangre, órganos garantizados para el trasplante… La vocecilla sensual del ascensor toma el relevo, entreteniendo la bajada con la enumeración de las alternativas de ocio ofrecidas en cada planta para deleite de los visitantes. Las conozco de memoria, es mi trabajo. Al final tantos anuncios se convierten en música de fondo, relegados a un segundo plano auditivo.
A lo lejos se divisan las colinas, ocupadas por casas y más casas, que descienden como un río de lava hasta el puerto. Sólo me separan doce millas de mar aceitoso de mis negocios y de mi amante. Ante el espejo que hace las veces de puerta aliso una arruga imaginaria de mi capa sónica. Cuando llegue a la ciudad conectaré los sensores que activan las melodías pregrabadas que emite la capa al ser mecida por el aire.
La recepción es tan vasta que las pocas personas que pasean por ella parecen estar perdidas. Son clientes en retirada, ojos inyectados y movimientos ralentizados por el bajón de los neuroestims. Les ofrecería unas dosis de DHEA de quedarme alguna y no mediar las omnipresentes cámaras de vigilancia del vestíbulo. Además, un cabezón, uno de los sintientes que velan contra el acceso de mutantes mentales a las zonas de juego, remolonea cerca de nosotros. Con el casco de astronauta veteado de cables y sensores que le protege de cualquier ataque psi se asemeja a un cruce de humano e insecto.
Me dirijo hacia el control retinal. En la pantalla de cuarzo parpadea el mensaje esperado: libre de turno. Sin tiempo de franquear la salida en el micro suena la voz metálica de Hobbes, el operador del sistema central, aguda y atropellando las sílabas.
- ¿Fiesta? ¿Estas horas? –microsilencio-. Tengo encargo.
Después de un doble turno estoy lento de reflejos. Además, tengo prisa.
- Ya llego tarde. No sé si podré…
Un zumbido chirriante muestra una hoja de fax amarilla. Las conozco. Son los pedidos de Hobbes. Utiliza los servicios de algunos empleados para conseguir cualquier cosa que necesita del exterior. El no puede abandonar Paradiso.
- ¿Efectivo? ¿Tiempo libre? –pregunta, sin dejar lugar a la negativa.
- Efectivo, como siempre –respondo cansinamente, vigilando que nadie nos escuche. Guardo la lista en un pliegue de la capa-. ¿Por qué no se lo pides a otro…?
- No, no. Discreto, sin preguntas, no como otros. Silencio es seguridad.
Habla como los fanáticos de la techgnosis. Alzo la vista, buscando la cámara desde la que me observa y guiño un ojo. Adiós, Hobbes, el hombre que nunca duerme.
Camino a grandes zancadas hacia la salida norte, la del embarcadero público. En Paradiso la conocemos como la salida de los pobres. Saludo a Ahmed y Héctor, los botones de servicio. Me miran con la envidia de quien acaba de incorporarse a su puesto. El muelle huele a desinfectante perfumado. Las corrientes arrastran la basura portuaria cerca de nuestra posición, por lo que los grupos de limpieza peinan permanentemente la zona. Estoy de suerte. Acaban de colocar la pasarela para embarcar en una golondrina, la motonave local que hace el trayecto hasta el puerto.
Un anciano habla con un aibot con forma de pastor alemán. Por el tono desabrido del falso animal parece que le está reprochando algo a su amo. Hay gente que necesita ser controlada, dirigida por otros, aunque sean artificiales, que orienten sus pasos. Detrás, una pareja de turistas letones rezonga porque Jimbo, el orangután pintor, no ha querido incluirles una dedicatoria en el retrato que han comprado. Cuando se va a cerrar la esclusa entran corriendo dos adolescentes.
La golondrina parte con un ligero ronroneo. Al fondo se esconden los chicos, envueltos en una enorme capa sónica que a juzgar por la desenfrenada melodía que emite permite imaginarse las maniobras que tienen lugar en su interior. La patina oleaginosa del mar refleja los primeros rayos solares del día como un espejo.
Poco a poco va creciendo la estatua del antiguo descubridor, carcomida por los detritos de las palomas, con su dedo eternamente señalando al horizonte, como si deseara que nos diéramos media vuelta. En las playas adyacentes ondean banderas rojas, prohibiendo los baños en un Mediterráneo moribundo. Desembarcamos en el Moll de la Fusta, rodeados por una falange de guardias de seguridad. Paradiso se preocupa de que ninguno de sus clientes sufra el menor contratiempo hasta abandonar el muelle y adentrarse en la ciudad. Nada debe palidecer el recuerdo de su visita, nada debe extinguir su deseo de repetirla. Fuera del recinto vallado nos aguarda una compañía de pétreas masas de carne, con armas implantadas y movimientos calculados y silenciosos. Son guardaespaldas, prestos a garantizar el bienestar de los clientes hasta arribar a sus urbanizaciones o condominios. Las cadenas de noticias azuzan la psicosis de terror ciudadano con el recuento de los desmanes de las guerras de pandillas.
Nadie suele molestar a un don nadie como yo. Los desheredados me reconocen como a uno de los suyos. De quien no puedo librarme es de los captadores de votos progubernamentales, esos pesados hologramas que persiguen a los viandantes explicándoles las excelencias del candidato oficial. Dura poco su acoso, hasta que sus lectores verifican en mi biochip de identificación que no soy residente. Parten raudos en busca de nuevos votantes, no sin antes pedirme que recomiende su candidato a mis amigos residentes. Con ellos compiten los puestos volantes de las Fuerzas de Pacificación, buscando voluntarios que se alisten en sus misiones internacionales de defensa de la democracia y el libre mercado. Bonitos uniformes, fanfarria pegadiza y altos ideales que me temo que ocultan turbios intereses geopolíticos y económicos.
El día despunta caluroso. Conecto el aire acondicionado de mi traje y me calo la visera hasta los ojos. Los duty free y las galerías comerciales aún no han abierto. Las calles son mías, salvo por el tránsito de los transportes de mercancías que parten de los muelles de carga y abastecen a la ciudad. Y junto a ellos los vehículos militares, los agentes que vigilan la salud de Barcelona, una urbe con la tensión alta que las próximas elecciones está subiendo aún más. También es más civilizada que otras, por ejemplo Hong Kong, mi destino anterior. Allí hay ametralladoras en lo alto de los semáforos para disuadir a conductores y peatones incívicos. Aquí se limitan a grabar las infracciones, cargando las multas en los impuestos municipales. Aun así la tolerancia es un bien precario, como una flor poco regada expuesta a este sol agostador.
Varios lasers violetas y blancos acuchillan el cielo como moribundos focos antiaéreos. Anuncian HellDorado, mi destino. A esta hora no hay largas colas a la entrada, sólo unos cuantos adolescentes cansados, con el maquillaje corrido sobre las mejillas, apoyados contra la fachada decorada de grafitis como si aguantaran todo el peso del mundo. El callejón lateral donde los camorristas resuelven sus diferencias está ocupado por varios indigentes que se arraciman en torno a la hoguera que corona un bidón oxidado. Aparto la vista con rapidez: esa imagen me avisa de cuál es el precio del fracaso. Este es un mundo de contrastes. En la trastienda de un templo del hedonismo hi-tech, del ocio sin complejos, se revuelven los ociosos, los desheredados que malviven de las magras subvenciones municipales para beneficencia. Al subir las escaleras, azulejos reflectantes con motivos helénicos, borro su amargo recuerdo de mi mente. Son apenas los restos de un espejismo que resalta en mi visión periférica.
Traspasar el umbral del local es internarse en otra dimensión, como bucear en una piscina de petróleo. La malla de energía que decide quien entra y quien no se adhiere al cuerpo, millones de nanotentáculos aferrados al visitante. Unos dicen que es un neurolector de auras, otros que analiza las pautas cerebrales y luego decide… nadie sabe con qué criterios. Algunos sostienen que es un regalo de los extraterrestres tras el primer contacto. También se rumorea que ese contacto fue un montaje de las Naciones Unidades para evitar su desmantelamiento. Lo importante es que entro, como siempre.
Una masa de cuerpos sudorosos baila en la cúpula central, aparentemente a cámara lenta debido a la luz estroboscópica que les baña a breves intervalos. Sorteo las sillas flotantes que levitan sin control. La mayoría de sus ocupantes están inmersos en lejanos viajes de realidad virtual. Subo a una jaula para alcanzar el nivel del reservado que ocupan Ramia y su grupo. Mientras asciendo me siento un príncipe, adorado por los súbditos que se agolpan en el suelo. Por unos instantes me creo capaz de todo.
Tomo impulso y salto. Mi capa sónica canta a mis espaldas. La descubro recostada contra una columna, un mosaico de espejos que devuelven su imagen fraccionada. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra compruebo que no está sola. De rodillas, una chica con trenzas de plástico arcoiris retira, pieza a pieza, su traje de escamas púrpura. Recorre la piel tatuada de ideogramas chinos con su lengua bífida. La sorpresa me paraliza unos segundos, tiempo suficiente para que me tapen la visión. Es Dinamo, dos metros de músculos de biometal. Me sacude ligeramente con sus cuatro brazos, atrayendo mi atención. Arranca un quejido quejumbroso de mi capa. Debe ver algo en la expresión de mi cara que no le gusta porque deniega con la cabeza.
- Todo bien, ¿verdad? ¿Lo de siempre, Karnail? –qué otra cosa podría ser, me pregunto mientras le hago un gesto de asentimiento.
Busco a Ramia con la mirada. Toma de la mano a su nueva compañera. Entran en un nicho sensorial buscando intimidad. Dinamo me observa. Esboza una sonrisa triste que enseña sus dientes serrados, una muestra de sensibilidad que no creía posible en alguien acostumbrado a resolver los problemas rompiendo huesos con sus brazos dobles.
- ¿Un mes? –frunzo el ceño; no entiendo lo que me quiere decir-. Casi un mes con ella, ¿no? Los caprichos no le duran tanto, pequeño.
Pone un maletín médico en mis manos. Siento su metal frío, tanto como mi corazón, pero debido al refrigerante que conserva las dosis de dehidroepiandrosterona y NR2B. Las ilegales hormonas antienvejecimiento y los potenciadores cognitivos constituyen el sobresueldo que me acerca a la libertad, mi único consuelo ahora. El guardaespaldas centra de nuevo su atención en el grupo. Una vez entregada la mercancía desaparece su interés por mí. Un nuevo desprecio. Me vuelvo hacia las jaulas, cabizbajo.
- Un mes con la Reina no está mal… sobre todo para un esclavo –me grita, pretendiendo ser amable-. Salud y Sexo –oigo la despedida de Los Soñadores mientras la jaula inicia el descenso.
Reconozco que no está mal para alguien como yo. Asumo ser considerado un pasatiempo dada mi situación actual… aunque me duele. Posiblemente yo actuaría igual de estar en su lugar.



Los cazas espaciales atraviesan el cinturón de asteroides con movimientos zigzagueantes. Lasers como agujas cortan el vacío provocando sonoras explosiones en la muralla de rocas, en un alarde muy poco científico pero sí muy espectacular.
César entra en la sala común seguido por tres hombres. El simulador de vuelo pierde nuestra atención por unos momentos. Cargan maletas y bolsas, arrastran los pies con aspecto derrotado, fijan las miradas en las baldosas blancas del suelo. Son novatos.
Un murmullo de curiosidad les recibe. Big One les mira de reojo, tiempo suficiente para que la nave de Paco se sitúe a cola de la suya y la derribe. La imagen del campo de batalla estelar se desvanece entre las protestas del perdedor que achaca su derrota a la distracción causada por los novatos. Nadie le hace caso.
Todos prestamos atención a César, el decano de los esclavos. Tuvo el dudoso honor de ser uno de los primeros condenados por la Ley de Deudas y ahora, cumplida su condena, anciano sin lugar donde ir, hace las veces de cicerone de los recién llegados y consejero de esclavos o asociados temporales, según la terminología oficial. Me gusta más el nombre que nos dan en Hong Kong. Los xiagong, aquellos que bajan de puesto.
- Aquí están los nuevos asociados… les ayuden a integrarse… trabajo en equipo…
Siempre repite el mismo discurso de bienvenida. Les enseña sus cubículos, que llamamos ataúdes porque apenas son más grandes, y a utilizar su identificador dactilar y retinal. Se despide con palabras de ánimo, dejándoles rumiar su caída en desgracia.
- ¿Hay alguna manera de escapar? –inquiere con un hilo de voz el más joven.
Varias risas desganadas le responden. Muchos somos aficionados a interactuar en el holoteatro de “El conde de Montecristo”.
- Cuando acabes tu turno sales y no regresas… Sencillo, ¿verdad? Eso sí, dudo que consigas empleo, salvo en el submundo. Cualquiera leerá en tu biochip de identificación el contrato pendiente con Paradiso. Y no olvides que te extirpen el chip de localización que te han implantado en la revisión médica –más risas crueles-. Si estás aquí es que no eres un genio, así que no esperes que compren tu contrato… salvo tu familia o amigos.
- Dile al novato que siempre le queda ser un fuera de la ley o alistarse en las Fuerzas de Pacificación para conmutar su pena –todos reímos el chiste; es como salir del fuego para caer en las brasas. Pronto perderán toda esperanza de huida.
- No te quejes, novato –señala Carlo-. Fíjate en Hobbes, un genio condenado a perpetuidad y sin tan siquiera poder salir del recinto de Paradiso.
- ¿Qué hizo? –pregunta otro de los nuevos, sorprendido por tan dura condena.
- Consiguió importantes créditos gracias al presunto descubrimiento del motivo del acortamiento de los telómeros en los clones. Los telómeros son esas secuencias de ADN situadas en los extremos de los cromosomas cuya disminución se relaciona con el envejecimiento y la muerte celular. Los expertos les achacan la corta vida de los clones. Imagínate el dinero que significaría incrementar la esperanza de vida de los clones, reducir sus enfermedades -Carlo calla un momento, dejando que se filtre en sus mentes la trascendencia del fraude-. Por desgracia la patente era de su empresa y no suya, además de no ser tan efectiva como las pruebas que había aportado hacían suponer.
Es mejor que no se hagan falsas ilusiones. Sólo sirven para amargarse. Todos volvemos a nuestros asuntos. Bastante tenemos con nuestros problemas. Aguantar los lloriqueos, las protestas, es una carga que cada uno debe sobrellevar. Me engañaron, yo no sabía, es una injusticia. Sí, claro. Todos son inocentes. Por eso están aquí.
- Señor García, señorita Vásques, señor Guric –la temida voz el controlador nos saca de nuestros pensamientos-. Han concluido su periodo de descanso. El tiempo que tarden en incorporarse a su puesto se añadirá por duplicado a su turno actual sin computar como reducción de deuda.
Compruebo el reloj. Me quedan cuatro minutos. Desabrocho mi mono metalizado, colocándome el uniforme: un sari mostaza con charreteras doradas. En el interior de mi taquilla cuelga una holopostal con la imagen de mi familia. Sin querer la rozo al colgar el mono, activándola. Las figuras se mueven hacia delante y me saludan con la mano. Al fondo aparece una playa tropical. Mi padre vuelve a justificarse por enésima vez.
- Hijo, entiéndelo. Era lo mejor para la familia. Tú no podías mantenerlos -¿y tú sí, maldito ludópata?-. Ahora tengo una buena racha. Cuando consiga el dinero te sacaré de ahí. Besos de tu madre y de tu hermano –la imagen vuelve a su posición original.
Cierro la taquilla de un portazo. Corro hacia los ascensores de servicio, con la ira pisándome los talones. Enhorabuena al profesor de cálculo de probabilidades estocástico anticipativo de la Universidad de Mumbai. Empezó con el estudio de fenómenos climatológicos, pasó a las estrategias de cobertura financiera y terminó en los juegos de azar. Se arruinó. Nos arruinó.
El día de mi decimosexto aniversario la policía se presentó en casa. Mi padre había huido de Paradiso. Entonces no se empleaban los chips localizadores. Las deudas se transmiten entre familiares de primer grado y habían transcurrido tres meses de su fuga, el máximo legal para darlo por perdido. Me dieron diez minutos para hacer la maleta. Bonito recuerdo para el día que alcancé la mayoría de edad.
Todavía me queda medio turno. Luego un pequeño descanso y empalmaré con otro. Lo cierto es que cuanto más trabaje antes redimiré mi contrato con Paradiso. Según las teorías del darwinismo social sobre ciclos productivos y nichos de población los esclavos únicamente estamos por encima de los desempleados y los inmigrantes ilegales. Cuando en el próximo estudio socioeconómico se incorpore a los simios inteligentes como fuerza de trabajo todavía descenderemos más en la escala social.
El micrófono instalado en mi oído derecho lanza una orden. Un par de visitantes para el Limbo. Por el parecido deben ser madre e hija. Es raro encontrar a alguien que viene a firmar un contrato de cesión de órganos sin la compañía de alguien de su confianza.
La joven lleva un peinado piramidal a la moda y viste un traje cruzado color beige que deja al descubierto su pecho izquierdo. A pesar del excesivo maquillaje resulta atractiva. Activo el lector de mis gafas y aparecen los datos que rellenaron en recepción. Señora Palau y señora Miralles, madre e hija. La anciana padece el síndrome de Tascher, una encefalopatía sin cura. El mal de la década. La señora tiene una esperanza de vida inferior a tres meses. Sin historial de enfermedades hereditarias. El resultado de su último análisis de pureza racial marcó un noventa y dos por ciento; estos niveles sólo se dan en personas mayores. Los primeros datos son satisfactorios. Les pido que me acompañen al laboratorio médico, donde realizarán los análisis que certifiquen el estado actual de la señora Palau. Eso determinará la oferta de compra.
La silla flotante de la anciana avanza lentamente a dos palmos del suelo. Freno mis pasos para adecuarme al ritmo del lazarillo. Su hija la anima, pero ella no sabe porqué están aquí en vez de en la Seguridad Social o en su mutua privada. No han debido decirle que para evitar que las autoridades confisquen sus órganos al fallecer los van a ceder antes a nuestra división médica. Si los resultados son correctos seguro que el contrato de venta será un alivio eficaz para la pena de su hija. Una ambulancia la recogerá en sus últimos momentos y la trasladará aquí, en aguas internacionales, donde su reciclaje beneficiará a la familia y a Paradiso.
Un nuevo servicio me requiere. Un grupo quiere recibir clases de Gala, el artista sensorial. Varios de ellos han comprado una biomaq y desean aprender los rudimentos de su uso del maestro Gala. Pese a su elegancia descuidada, sus gestos afectados, el refinado catañol que el traductor universal que empleo señala como un dialecto de clase alta, dudo que posean la sensibilidad para dominar la técnica del control neuronal que regula la secreción de hormonas que activa el artefacto. Los neurotransmisores invadirán su sangre a través del microcatéter activo como una riada, con lo que la biomaq creará una sinfonía de emociones sin belleza ni equilibrio. Eso no les importa. Lo que cuenta es poder activar la máquina ante sus amistades. Para eso han gastado una pequeña fortuna en el ingenio. Hasta que la próxima moda lo condene al olvido.
Los servicios se suceden sin pausa. Un duelo a muerte entre adalides de dos clanes empresariales rivales en la cúpula cero-g, el sacrificio ritual de un clon-cobaya cultivado por nuestra división médica a manos de una secta milenarista, viciosos del orgasmatron y de los conectores a los centros de placer cerebrales, y jugadores, muchos jugadores. A menudo me pregunto porqué no utilizan clonimagos en vez de a nosotros. La imagen holográfica de un asistente sería bastante para los clientes. Sin embargo en el siglo de la automatización disponer de un excedente de mano de obra humana supone una señal de distinción, la evidencia de una saneada cuenta de resultados. Somos meros adornos en este ambiente de lujo, un gasto desgravable.
El turno acaba. Bajo por las escaleras de servicio, donde seguro que nadie me molestará con más peticiones. Me espera un plato de krill insípido y dietéticamente medido, cortesía de la Casa para con sus asociados, y una corta siesta con un somnífero de una hora. Luego una pastilla revitalizadora y a empezar un nuevo turno. Y así un día tras otro. Cuento los días, hasta los minutos que me restan para ser libre.
Atravieso la zona muerta. El público no la conoce. Aquí están los almacenes, lavanderías, cocinas, talleres, administración. Son las tripas de Paradiso. Casi choco con un tipo de mono azul que sale de una de las múltiples puertas que flanquean el pasillo. Es un técnico de mantenimiento, no recuerdo su nombre. Hemos coincidido en algún campeonato de fútbol interactivo. En Paradiso es la emoción más fuerte que se permite a los asociados, con los simuladores de naves y el holoteatro. Ni sexo ni los placeres reservados a los clientes. Los transgresores siempre reciben la desagradable reacción de los bloqueantes químicos que nos inoculan a todos al llegar.
Intercambiamos banalidades. Me explica que uno de los oráculos va a enviarse a la estación orbital de Paradiso para reprogramarlo. Están preparando su embalaje.
- ¿Me dejas probarlo? No quiero esperar a convertirme en agente libre para probarlo.
- ¡Estás loco! –me mira haciéndose el espantado. Llega la hora del regateo. Nadie da nada gratis-. Si nos descubren el castigo será ejemplar –baja la voz-. Se está preparando una versión para instalarla en las ciudades. ¿No puedes esperar?
Extraigo un par de cápsulas de DHEA de mi uniforme. Las volteo lentamente entre los dedos. Prefiero ajustar mis beneficios a cambio de probarlo. Se las entrego.
- Estamos solos, ¿no? –miro a mi alrededor-. Entonces, ¿quién se va enterar?
- Hecho –acepta, tras un mínimo titubeo-. Me quedo aquí afuera vigilando.
Dicen que los oráculos son un artilugio extraterrestre. Hay muchos rumores y pocas certezas. Sólo sé que a todo lo que la gente no comprende se le atribuye un origen especial, lejano. A todo el mundo le gustan los oráculos porque ofrecen consejo y apoyo moral y psicológico, y en ocasiones también predicen el futuro. Quiero comprobarlo.
Siento un ligero escalofrío por la emoción de la novedad y el temor a ser descubierto. Mis dedos sudorosos tardan un poco más de lo normal en implantar los contactos en mi interfaz craneal. No sé si va a funcionar y habré gastado un par de dosis para nada.
Durante unos segundos que se hacen eternos sigo en la penumbra. De repente un fogonazo recorre mis sinapsis en milisegundos, como un big bang mental. Una marea de sensaciones abrasadoras golpean mi cerebro, incapaz de asumir el huracán sensorial. Intento gritar pidiendo socorro, sin éxito. El sonido rebota en el interior de mi cabeza. El oráculo parece diseccionar mi cerebro en millones de retículas. El dolor y la ansiedad desaparecen con la misma brusquedad con la que me asaltaron.
- Deseas ser libre –no es una pregunta, sino la afirmación de mi mayor anhelo. La voz es aterciopelada, acaricia con cada sílaba.
Asiento, todavía aturdido. Intuyo que es superfluo que diga nada. Si es capaz de leer mis pensamientos sobran las palabras.
- Sé cómo puedes conseguirlo. Seremos libres.
El plural me desconcierta. No tengo fuerzas para pensar. Un nuevo alud de sensaciones arrasa mi mente.
Me siento desmayar.



Varias cadenas de ADN se deslizan ante mis ojos. Giran y se entrecruzan, formando diferentes secuencias. La versatilidad de la naturaleza me abruma. Se esconde un universo de posibilidades en su interior. Estoy cursando una maestría en bioquímica por CiBerkeley tras comprarme la licenciatura en biología de la universidad de Nairobi. Así podré montar mi propia empresa: una granja de animales transgénicos para cultivar órganos transplantables. O me permitirá trabajar de pastor en una granja. En cuanto lo consiga dejaré de traficar con DHEA y NR2B, mi única fuente de ingresos.
Guardo las gafas de Realidad Virtual. Seguiré con los deberes en casa, un pequeño apartamento desde el que alcanzo a divisar el puerto y un trocito de mar, en un bloque gris lleno de teletrabajadores, cabezas quemadas, mis mejores clientes en la actualidad.
Un tipo alto y desgarbado, arrastrando una gabardina de papel reciclable, reparte algo entre varios pasajeros que no están conectados. No todos toman de sus manos el material que pretende entregarles. Cuando se acerca hacia mí se hacen visibles las escarificaciones maoríes que graban su cara. Me muestra un chip de plástico negro.
- Ten, hermano. La techgnosis expandirá tus ojos. Abre la mente a tu verdad, reniega de los espejismos inducidos por el poder. La libertad está en ti mismo.
Sigue hacia el fondo del vagón, buscando audiencia para sus ideas, la nueva religión de las tribus cibernéticas. Por lo que dicen, los techgnósticos interpretan el ciberespacio como un medio al que la humanidad puede acceder para escapar de la realidad y ascender a una nueva dimensión espiritual. Lo que más me atrae de ellos es que su líder ataca a las grandes empresas, como Paradiso, a todos los que pretender manipularnos a diario. Las autoridades no pueden juzgar a un programa, ni siquiera detenerlo, y hasta ahora tampoco han conseguido neutralizarlo. Es tan inaprensible como guardar agua con las manos. Sólo por eso me conectaré el chip cuando llegue a casa.
Una grabación, casi ahogada por el traqueteo del metro y el volumen de los equipos de música y RV de los pasajeros, anuncia la siguiente parada. Las pantallas de televisión que sobresalen del techo como estalactitas emiten “Justicia Popular”. Hoy se enjuicia a un muchacho acusado de causar la muerte de una mujer tras arrastrarla con su biciclo eléctrico. El bolso de la señora se enganchó al manillar. ¿Accidente de circulación o intento de robo?, se pregunta el locutor. Aparecen los antecedentes del chico por hurto y su pertenencia a la Hermandad Musulmana, sospechosa de alentar el integrismo islámico. La pantalla muestra una sentencia de culpabilidad mayoritaria, creciente por segundos. Ni siquiera los trece años del chico sirven de atenuante entre una audiencia harta de sufrir la violencia a pequeña escala. Varios viajeros apagan sus libros electrónicos y votan mediante sus consolas de pulsera. Con el pago de los telespectadores por sus votos el equipo jurídico del programa actuará como acusación popular con el fin de que el culpable no despierte de la animación suspendida hasta que haya sido reeducado y no vuelva a suponer un peligro para la sociedad.
Embebido en el circo mediático casi me paso de estación. Tengo que utilizar los codos para alcanzar las puertas, que se cierran a mis espaldas como las fauces de un depredador que acecha a su presa.
Varios clonimagos aparecen de repente. Acusan al gobierno de dictatorial y corrupto. Que su indumentaria sea de cibércratas refuerza la impresión de burla. Algunos pasajeros parecen atraídos por el discurso vehemente. La mayoría apartamos la mirada. En pocos minutos llegará la policía. Los agentes también se interesarán por quienes se muestren proclives a sus soflamas. Ser detenido por subversivo con las elecciones tan próximas es un mal asunto. Aun pensando como ellos es más inteligente no descubrirse. Los mártires no tienen futuro.
- ¡Trabajadores, ciudadanos, residentes, arrojad la venda que os ciega! Nuestros gobernantes son títeres en manos de los intereses económicos que controlan los resortes del poder. Con la excusa de que el incremento del uso del aire acondicionado colapsa las líneas eléctricas nos suben el precio de la electricidad tres puntos por encima de la inflación. Hace dos años que padecemos restricciones de agua y todo indica que seguirán indefinidamente. Han creado un impuesto antipolución que grava nuestros ingresos mientras sus empresas siguen contaminando –la potente voz se eleva a medida que refiere una nueva denuncia-. ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto más permitiremos que nos engañen, que nos exploten, que roben el futuro de nuestros hijos? Llega la hora…
Por la entrada contraria irrumpe una unidad antidisturbios. Sus botas repiquetean rítmicamente en el cemento como un mantra que anuncia desgracias. Como una manada que presiente el peligro empezamos a correr. Un clonimago se sitúa a mi altura.
- Tome el taxi con el logotipo de Gaudinet en la salida norte. ¡Corra! –se desvanece lentamente, envuelto en los gritos de pánico como banda sonora.
Un guardia del metro intenta frenar, encauzar la marcha sin control de decenas de pasajeros asustados por las descargas que truenan a nuestras espaldas. Cuando cae bajo los pies de la muchedumbre sus compañeros se apartan, temerosos de correr su destino.
Al salir a la calle el sol nos golpea, horno que calcina nuestros reflejos distorsionados por la adrenalina. Alguien me hace una seña desde un taxi. El logo descrito parpadea en su parabrisas delantero. Sin pensarlo subo y cierro la puerta bruscamente. El conductor activa la opción de camuflaje de las ventanas, dejándome sin visión del exterior.
Mis preguntas, mis protestas quedan sin contestación. Una mampara de vidrio antibalas me separa de mi anfitrión. Sin más alternativas hasta llegar a nuestro destino decido relajarme. Reflexiono sobre lo acontecido, busco pistas que me orienten en este caos. ¿A quién puedo interesar? ¿Por qué? ¿Todo este montaje ha sido por mí? Existen formas más sencillas de secuestrar a alguien. Y sin bienes ni conocimientos estratégicos, con un índice de pureza racial medio, me desconcierta este posible interés.
El auto desciende lentamente. Me abren la puerta. Estamos en un aparcamiento subterráneo, con vehículos que hace mucho conocieron mejores días. Echo a correr, pero un golpe me frena. Una patada en el costado termina con mis ansias de huida. El conductor me empuja hasta un ascensor. Lleva unas gafas de sol de RV último modelo, amplias ropas de color caqui y un código de barras remata su cráneo rapado al cero.
Salimos a una planta a oscuras. Mi acompañante teclea en una desvencijada consola que adorna un lateral del pasillo. La ilumina con una linterna que sostiene entre sus dientes. Sus dedos vuelan entre los iconos. Al fondo brota una luz. Un ruido de pasos se arrastra hacia nosotros. A lo mejor ahora llegan las respuestas. O más preguntas.
Una adolescente blanca como alabastro y con varios chips moleculares adornando sus orejas nos sirve de guía hasta un despacho iluminado por los destellos verdosos e intermitentes de las pantallas de las computadoras cuánticas que tapizan la estancia. Mi guardián me toma por los hombros, obligándome a sentarme en un sillón médico.
Protesto airadamente. Alguien se mueve entre las sombras.
- No se excite, señor Valmanjee. Nadie atenderá sus súplicas de socorro –eso no me tranquiliza-. Le garantizo que no sufrirá el menor daño.
El pinchazo de una pistola hipodérmica es lo único que advierto antes de desvanecerme.
Mi lengua es un estropajo que se revuelve en la boca. Un ligero mareo incomoda mi despertar. Desconozco el tiempo que llevo inconsciente. Un minuto, cuatro horas, quién sabe. Paso la mano por mi cabello. Está sudoroso. El interfaz craneal todavía despide un poco de calor. El ambiente en el despacho permanece protegido por la semioscuridad.
- ¿Le gusta ser nuevamente un agente libre, señor Valmanjee? Seguro que sí –la misma voz sin rostro-. Todavía piensa que debe su suerte actual a su padre, ¿verdad?
Al principio pensé que mi padre había cumplido su vieja promesa. Cuando pasaron los días sin recibir noticias suyas las dudas me asaltaron. Demasiado bonito para ser cierto, viniendo de él. Pero si no ha sido él, entonces ¿quién…?
- Nos ha traído información valiosa –el dolor activa mis recuerdos… el oráculo debió instalar algo en mi cerebro que esta gente ha recuperado ahora. Esto es más grave de lo que imaginaba-. Pero su trabajo no ha concluido –me envaro en el sillón. Una mano fría sujeta mi cuello-. Todo mensajero que se precie debe entregar la respuesta. A cambio nos encargaremos de localizar a su hermano pequeño. Sabemos lo mucho que lo desea.
- Olvídelo. Ya contrataré un software rastreador que encuentre a mi hermano –se cree que soy tonto-. Usted lo ha dicho antes: soy libre. Me niego a intervenir en sus… turbios negocios –una risa cristalina recibe mis palabras. Intento aparentar una seguridad que no poseo. Para alguien habituado a los jugadores como yo el farol es un principio básico-. Sus chantajes no servirán de nada.
- Libre técnicamente, señor Valmanjee –comienza a irritarme la utilización pomposa de mi apellido-. Técnicamente –un nuevo silencio permite que ese concepto renueve mis temores-. Tal como permite la ley compramos su contrato dejando pendiente un cincuenta por ciento, garantizado mediante aval. De no hacerlo efectivo en una semana vuelve a Paradiso.
- Prefiero eso a que me descubran. ¿Sabe cómo han acabado todos los que intentaron robar datos de Paradiso o sabotear sus sistemas?
- Desgraciadamente lo sabemos.
Las estructuras de dos balones de fútbol restallan en el techo. Los fulerenos, millones de nanobombillas, iluminan tenuemente un rostro inexpresivo, de sexo indeterminado. De no ser por sus ojos, de un extraño magnetismo, diría que es un clonimago.
- Si prefiere no colaborar nos encargaremos de que sus antiguos amos descubran que nos facilitó el código fuente de un oráculo –el miedo se hace sólido, real, ante esa amenaza-. Su vida… lo que le quede de vida será un infierno, cortesía de Paradiso -se encoge de hombros-. De cooperar velaremos porque disfrute de su merecida libertad.
Asiento en silencio. Las cartas están sobre la mesa y cuentan con todos los ases.
- ¿Por qué montaron ese jaleo en el metro para traerme hasta aquí?
- La primera vez que se conectó a la red tras convertirse en agente libre recibimos una señal, un código de seguridad que nuestro contacto en Paradiso le implantó junto con la información. Al principio sospechamos que le hubieran descubierto, que todo fuera un cebo de Paradiso. Por eso le sometimos a vigilancia y cuando estuvimos convencidos de que estaba limpio actuamos, organizando una maniobra de distracción… por si acaso.
Corporación rival, neoluditas, ciberterroristas, espías industriales, tecnoanarquistas… esta gente es demasiado profesional para pensar en familias de esclavos con ánimo de venganza o jugadores con mal perder. El problema es que me han incorporado a su juego como un peón que avanza a ciegas por una partida con reglas desconocidas. Y los peones suelen emplearse como carne de cañón.
- No tiene sentido que vuelva estando bajo sospecha.
- Pierda cuidado. Cuando reaccionen, en caso de que tuvieran sospechas de usted, que no lo parece, ya estará fuera -para este tipo todo es muy sencillo. Posiblemente porque soy yo quien entrará en la boca del lobo.
- ¿Quiénes son? Quieren que me embarque en una misión suicida sin saber porqué.
- ¿De verdad quiere saber? –me mira detenidamente-. Muy sencillo: queremos desenmascarar el fraude que se esconde tras la fachada lúdica de Paradiso. Piense un momento. Ha utilizado los oráculos. Conoce su influencia en la gente, en El Rebaño que lo acepta todo sin rechistar. Ahora pretenden instalarlos en las ciudades, fuera de sus centros flotantes, esparciendo su poder por todas partes.
- ¿Qué tienen que ver los oráculos en todo esto? ¿Quién es usted?
- Todo –duda un momento-. Ya que en unos minutos lo olvidará todo se lo contaré –retrocede hacia la sombra-. Un estudiante de socioeconomía pidió ayuda a tres compañeros de ciencias para el diseño y desarrollo de sistemas inteligentes de predicción y decisión empresarial. El promotor era el heredero de un pequeño pero pujante daibatsu, y con este plan pretendía lanzar la corporación a posiciones de privilegio. El talento de los jóvenes científicos fue potenciado con una gran profusión de medios, más de los que jamás hubieran conseguido en sus facultades de la Samsung-Oxford y en el Microsoft-M.I.T. El resultado superó las previsiones: el embrión de una Inteligencia Artificial basada en redes neurales evolutivas y lógica difusa. Hiandong Li, el actual propietario de Paradiso quería saltarse las restricciones impuestas por la Ley de Vida Artificial. Nos opusimos. El recuerdo de la Primera Guerra Virtual estaba reciente. Nos convenció de que admitía nuestras razones. Qué ingenuos fuimos…
Calla. Le cuesta evocar esos recuerdos. Desenterrar hechos dolorosos siempre duele.
- En la última prueba de la versión beta del proyecto nos mató tras comprobar que funcionaba perfectamente… No contaba con que guardaba una copia de mi mapa esquema cerebral en mi cubo académico. Mi especialidad era la ingenética basada en redes neurales y no encontrar mejor voluntario que yo mismo para mis experimentos me salvó. Cuando no logré contactar con mi hermano y con Daniel entendí. Salté a la red pública antes de que entrará en nuestros cubos a robar nuestro trabajo y desaparecí. El resto es la historia de la preparación para desenmascarar a Li –habla con distanciamiento, como si se refiriera a otra persona-. Ahora ha llegado la oportunidad de utilizar la puerta trasera que los programadores dejan para colarse en el sistema.
- No, no puede ser –digo pensativo. Reconozco en su historia el embrión de las múltiples leyendas que corren sobre el origen de la ciberresistencia-. Entonces… ¿usted es… es la famosa Radiación, la que denuncia las prácticas de Paradiso por todo el mundo, la fundadora de la techgnosis…?
- Supongo que con el aspecto de este androide sintético no parezco tan terrible como me pintan los medios de comunicación y los portavoces afines a mis enemigos: la mujer del saco virtual, un virus informático, la terrorista cibernética que intenta difundir el caos y la desobediencia civil. No me mire así. No soy ningún monstruo.
Una sonrisa brilla en su cara. La mía delata que son demasiadas novedades.
- Será sencillo. Le vamos a implantar un marcador. Activará una señal que recibirá nuestro contacto cuando usted atraviese los sensores de las zonas de control de Paradiso. El accederá a la información que le instalaremos y todo habrá terminado.
- ¿No es más sencillo que le entregue la información directamente, sin necesidad de hurgar en mi cabeza?
- Desconocemos la identidad de nuestro contacto. Motivos de seguridad.
Poco puede sorprenderme ya. Me siento como un conejillo de indias.
- Entro, dejo la mercancía, salgo y soy libre. Ya. ¿Y no me reconocerán?
- Retocaremos sus facciones, no modificaremos su biochip. Nos falta tiempo para una operación tan delicada. Si intentamos manipularlo y lo descubren será cuando empiecen a sospechar. Entonces no doy ni un euro por su vida. Usted simplemente pretende disfrutar de algo que durante años tuvo a su alcance pero que jamás pudo tocar. Nada más –temo que no estoy conectado a un simulador de agente secreto, así que esta es una pesadilla real-. Relájese. El psiconeurólogo le borrará todos los recuerdos desde que salió de la boca del metro y le implantará sus nuevas líneas de memoria.
- Dígame la verdad –la reto con los últimos restos de valor que me quedan-. ¿Para qué tanta charla con objeto de convencerme cuando ahora me condicionarán mentalmente? Porque eso es lo que van a hacer, ¿no?
- Se equivoca –su tono se endurece-. No nos confunda con la gentuza a la que combatimos. Ponernos a su nivel nos convertiría en aquello que odiamos y entonces nuestra lucha carecería de sentido. Queremos desalojar a los manipuladores, no ocupar su lugar –un hombrecillo de bata blanca entra en el despacho-. Queremos protegerle, que no lo descubran. Un robot no nos sirve de nada.
Antes de que reaccione, las correas de bioplástico atenazan mis brazos. Siento como el sedante recorre mis venas.



Es sábado, el día de más afluencia de visitantes en Paradiso. Las colas para embarcar en una de las golondrinas se mantienen disciplinadas, como si fuésemos acólitos concentrados en las últimas oraciones antes de presentar nuestras ofrendas a la Diosa Fortuna. Porque para muchos Paradiso es una nueva religión, la única manera de cambiar la rutina de sus vidas, de conseguir lo que se les niega a diario.
El portero que carga el importe de la entrada en mi cuenta corriente al entrar en el muelle no me reconoce. Supongo que haberme moldeado las facciones hace que pase desapercibido entre mis viejos compañeros. Nueva vida, nueva imagen. Por fin disfrutaré de todo aquello que vi durante tantos años sin poder siquiera rozarlo.
La espera es aburrida. Es una estrategia buscada por Paradiso. Sólo rompen la monotonía los bustos parlantes que, situados a intervalos regulares, recitan asépticamente las noticias. Su tono oficialista me irrita todavía más. Algunas personas se mueven cadenciosamente al ritmo de las frecuencias subsónicas emitidas desde los satélites musicales, inaudibles para quienes carecemos del adecuado hardware cerebral.
Pido conexión a mis gafas RV con la red local CatEsp/Net. Solicito las últimas noticias. Ante mis ojos desfilan en letras verdes. La ampliación de la Gran Mezquita de Barcelona, financiada por el príncipe heredero saudí, competirá en esplendor con la recientemente concluida Sagrada Familia. Continua la alerta ciudadana en los barrios cercanos a la Zona Franca tras el escape de varias nubes de tolueno la pasada noche; inspectores de Industria y Sanidad investigan a la fábrica responsable, con antecedentes de fugas tóxicas. El anuncio de Paradiso de instalar en varias ciudades sus unidades de ocio conocidas como oráculos incrementa el valor de sus acciones en la Bolsa europea de Frankfurt; Barcelona será una de las primeras ciudades donde se instale. La emisión del discurso de Jordi Giménez, candidato oficial a la Presidencia de la Generalitat, fue interrumpida por una bomba de grafito lanzada sobre la subestación eléctrica de Meridiana; aumentan los controles en las fronteras con la Federación Ibérica.
La larga fila avanza lentamente. Las microdescargas eléctricas del repulsor que llevo instalado como hebilla del pantalón me ahorran empujones. Subvocalizo Paradiso como palabra clave. La noticia se desarrolla ante mis ojos. Cotizaciones bursátiles de la corporación, estadísticas de utilización, opiniones de usuarios, datos y más datos. Incluye una entrevista con una de las atractivas responsables de Comunicación.
- Gracias a esta iniciativa, demandada por millones de usuarios de todo el mundo, ahora ponemos al alcance de toda la ciudadanía las virtudes terapéuticas y sociales de…
Los enormes beneficios previstos deben haberles convencido de instalar los oráculos fuera del control directo y absoluto de Paradiso, Edén y Parnaso, sus tres centros flotantes. Supongo que cuando aquella unidad se preparaba para el envío a la estación orbital Paradiso sería para dotarle de todos los mecanismos de seguridad tendentes a evitar cualquier intento de pirateo o sabotaje. La Casa empieza a extender sus tentáculos, tomando posiciones con sus negocios legales. Los demás, los que entran en conflicto con la mayoría de las legislaciones locales siguen a buen recaudo en sus centros, siempre fuera del alcance de otras leyes que no sean las suyas propias.
Una fanfarria nos recibe al desembarcar en este zigurat de plastimetal y vidrio que se alza hacia el cielo como un volcán. Como cliente en vez de como asociado aprecio toda esta puesta en escena de manera diferente a cuando trabajaba aquí. Una legión de guías, jóvenes y atractivos, moldeados según los últimos estándares de belleza y empatía social, orientan a los visitantes sobre las opciones que mejor se adecuan a sus intereses. Avanzo entre ellos, tan eufórico que pienso que hay en el ambiente algún estimulante al que era inmune en mi etapa de asociado.
El vestíbulo Imperial está repleto de todo tipo de personas. Posiblemente la sede de la ONU no se pueda preciar de albergar a tan diversa humanidad. Tomo uno de los ascensores adosados a las ciclópeas columnas centrales. Los prefiero a los túneles antigravedad porque la sensación de flotar me marea. El parloteo de la gente, los anuncios de los altavoces, la hipnótica música ambiental no son más que ruido de fondo, como el romper de las olas contra la arena. Los espectáculos que me rodean no me deslumbran. Llevo demasiado tiempo esperando utilizar los oráculos.
Observo a antiguos compañeros. Con mis facciones más afiladas y un tratamiento de pigmentación que blanquea el oliváceo típico de mi sangre hindú nadie me reconoce. Con mi aspecto habitual tampoco lo harían. Está prohibido confraternizar con los clientes, ser algo más que un mero instrumento que satisfaga sus necesidades. Son clonimagos de carne y hueso. Ahora sé lo que se siente a ambos lados de la frontera.
Entro en la sala ovalada de los oráculos, coronada por anacrónicas lámparas de araña. Aquí se predispone al visitante a relajar el espíritu y la mente. Abro un nicho vacío y la oscuridad se torna bruma azulada. Mi corazón se acelera recordando la primera vez.
Mis dedos actúan como animados por vida propia. Con un ligero pinchazo se salda la conexión al interfaz situado en la base de mi nuca. Tiemblo por la sensación de una bola de fuego acercándose a velocidades de vértigo. Después, de nuevo la paz.
- Has vuelto –suena con un tono mezcla de sorpresa y ansiedad-. Tu destino se ha cumplido, tal como te predije. Eres libre. Ahora es mi momento. Relájate…
Unas tenazas incandescentes parecen abrir mi cabeza. Lágrimas de dolor resbalan por mis mejillas. Me muerdo los labios y la sangre riega mi barbilla. Grito.
El dolor amaina, como la marea en retirada. Todo ha terminado, por fin…
- Despierta –me sobresalto. Suena diferente, un tono seco, pero no es una voz desconocida-. Sé que estás despierto, Karnail Valmanjee.
Abro los ojos. Es César. Viste una túnica blanca, como un griego clásico. Nos encontramos en un páramo que se extiende hasta el horizonte.
El ambiente es demasiado extraño para ser real. Recuerda uno de los niveles de Edenet, la red propia de la corporación Paradiso. Un nivel restringido, me temo.
- Periódicamente sufrimos asaltos de todo tipo. Robar datos o chantajear a una empresa de nuestra categoría resulta un negocio muy lucrativo, pero tu ataque ha sido el más osado que hemos sufrido. Tus patrocinadores son importantes, ¿verdad?
- ¿Patrocinadores? –no le entiendo-. Buscar consuelo y apoyo en un oráculo me parece de lo más normal hoy en día, ¿no? ¿No se instalarán también en Barcelona? Entonces, ¿qué problema hay? –una idea salta en mi cabeza-. ¿De verdad eres tú, César?
- ¿César? –me observa un tanto sorprendido-. Entiendo. Te refieres a mi alter ego sólido. El androide se ocupa de vigilar a nuestros asociados temporales. Yo soy un subsistema de la aplicación de seguridad de Paradiso, el guardián que se encarga de los intrusos como tú. ¿Qué recuerdas tras la carga policial en el metro?
La pregunta me desconcierta. La revelación sobre su identidad también.
- Nada de particular. Tomé un taxi hasta mi apartamento, un lujo que no me permito muy a menudo. Estuve conectado a CiBerkeley. Luego bajé a comprar algo de cena en el burguer coreano de la esquina. Después salí de copas con unos amigos a Daf-2. Hoy me he levantado tarde. Estuve un rato conectado al canal de juegos de Telefónica-Telekom. Luego me cambié y salí hacia aquí. Y aquí estoy.
César, mejor dicho el avatar de César menea la cabeza. No comprendo qué quiere.
Desciendo en caída libre. Mi aullido de terror se pierde en la nada. El descenso se detiene de golpe. Estoy en el fondo de una sima.
- Una operación hábil… pero no perfecta –me encojo de hombros; continuo sin seguir sus argumentos-. No eliminaron del todo unas leves disrupciones que se forman entre tus recuerdos implantados y los reales –parece un doctor comunicando los síntomas a un paciente corto de entendederas-. Desgraciadamente implantaron también un bloqueo en el sistema nervioso del Simpático en previsión de que rompiéramos sus defensas.
Me desconcierta. Claro que tampoco encuentro una explicación racional a porqué he venido hoy a Paradiso con la única idea de conectarme a un oráculo. Se trata de un mero impulso, como tantas otras decisiones intrascendentes que se toman diariamente.
- Los seres de carne tenéis una existencia ridículamente finita –lo dice sin ninguna pasión, como si se dirigiera a una mariposa a punto de ser disecada-. Voy a extraerte toda la información antes de que el bloqueo surta efecto y sufras una parada cardiaca.
Siento los primeros síntomas del ahogo. Boqueo, en un vano intento por atrapar aire. Un pinchazo atraviesa mis sienes. Mi garganta arde. Me desvanezco…
Noto como tiran de mí. Lo siento de una manera disociada, como si fuera un observador externo. Abro los ojos con renuencia. Veo un nuevo avatar. En este momento de desconcierto lo único que atino a pensar es en qué tipo de avatar me representa en este mundo de RV. Poco a poco consigo concentrarme. El recién llegado viste un terno naranja, a modo de un renovado monje budista. Es Hobbes.
- Déjalo –ordena Hobbes a mi torturador-. Es mío.
- ¿Tuyo? –duda un momento-. Bien, quédatelo. Ya tengo toda la información de su cerebro –enseña un diamante como el engarce de un anillo-. En cuanto se analice…
- Me encargo yo –alarga la mano abierta, solicitándolo-. Ya has acabado aquí.
- Creo que acabo de empezar –César se encara con Hobbes; descubrir que ambos son… que no son humanos abre muchos interrogantes-. De esto tendrá noticia el Núcleo.
- Olvidas que tú eres un simple asistente de nuestra IA y que yo soy el asistente. Lo repito por última vez: dámela –sigue con la mano extendida.
César le da la espalda. Antes de que se disponga a abandonar el nivel un rayo brota de la mano de Hobbes, desintegrando a su antagonista. Deslumbrado por el intenso fogonazo, oigo el tintineo del diamante al caer al suelo.
El escenario cambia sin previo aviso. Estamos en lo alto del castillo de Montjuich, contemplando la puesta de sol. La brisa del atardecer acaricia nuestros cabellos, mece la ropa. No encontramos las bandadas de turistas que suelen abarrotar el castillo desde donde se domina toda la ciudad condal. Estoy predispuesto a esperar cualquier cosa.
- Fuiste uno de mis mejores enlaces con el exterior. Y ahora me has vuelto a ayudar. Se te prometió que saldrías con bien de esta misión. Así será.
- ¿Se me prometió salir con bien de qué misión? –casi chillo por la sorpresa-. Sigo sin entender nada –me interrumpo-. Antes hablabas como los techgnósticos. ¿Por qué te hacías pasar por uno de nosotros? ¿Para qué necesitabas tantas cosas de fuera?
- Era la mejor manera de conseguir datos, información. Mi incomunicación con el exterior es cierta. Temen que intente escapar, que filtre información fuera. Qué mejor justificación que un genio loco, capaz de traspasar unos decimales de la caja B de Paradiso a vuestras cuentas o de manipular el tiempo de vuestros turnos. Nadie hablaría.
Hobbes se apoya en un decrépito obús que apunta al puerto. Allí los remolcadores conducen con delicadeza varios transatlánticos hacia sus atraques. Más allá brilla la estructura de Paradiso, reflejando los rayos de sol como un espejo multifacetado, rodeado por grupos de golondrinas y góndolas privadas que amarran y desamarran, envuelto por nubes de aeromóviles que buscan dónde posarse.
- Te lo han borrado todo. Y aún así, nos detectaron… Te mereces saber porqué te has jugado la vida –me mira con respeto-. Los oráculos son la matriz base de la IA que tres amigos diseñamos para la corporación Li, terminales desde los que se lleva a cabo el mayor experimento de control social desde el desarrollo de la televisión interactiva y la implantación del psicomarketing. El análisis de los miles de cerebros de sus visitantes iniciales permitió establecer los primeros grupos de pautas de conducta y comportamiento en los que basarse para realizar sus predicciones. Ese misterioso origen extraterrestre es un bulo fomentado por Li. Sirvió para enmascarar sus errores iniciales y reforzar el secretismo de su funcionamiento. Con el tiempo los miles se convirtieron en millones, haciendo que la base de datos de la que se nutren los oráculos sea más completa, y mejores y más certeras sus predicciones, tanto para los usuarios como para las empresas deseosas de contar con el secreto para el éxito de sus productos.
- ¿Y yo he intervenido en toda esta historia? ¿Por qué yo?
- Tiene gracia que lo pregunte alguien que ha estado tanto tiempo en la Casa. Por azar. Fuiste el primero que se conectó a aquel oráculo fuera de servicio que yo había manipulado. Buscaba a alguien dispuesto a saltarse las normas, harto de Paradiso. Alguien capaz de arriesgarse por conseguir la libertad. Si nadie se hubiera conectado nada de esto hubiera sucedido. Seguiríamos esperando una oportunidad para actuar.
Me siento en una balaustrada de piedra. Son demasiadas emociones para mí.
- Tenemos que irnos. Puedo asegurar la privacidad hasta cierto punto. Cada vez introducen más sensores, nuevas sondas-espía en todos los sectores y niveles.
- ¿Lo de César no será un problema?
- No conozco ningún problema que no tenga solución. Es hora de marcharse.
Me enseña el diamante y sonríe. Saca otro de su terno junto con una gema.
- Alguien los sacará de Paradiso y los entregará a nuestros amigos de fuera.
- ¿Quién eres en realidad? –quiero saber; necesito saber.
- ¿Quién soy? O, ¿quién era? –piensa durante un instante-. Buena pregunta. Mi hermana melliza te lo explicará todo… o te lo recordará, mejor dicho. Se llama Helena, pero creo que ahora la conocen como Radiación –ante mi gesto de incredulidad vuelve a sonreir-. Sí, ya sé que no te acuerdas –menea la cabeza-. Ahora volverás a conocerla… Y ella se reencontrará con el hermano que creía perdido hace tantos años, de regreso desde la Tierra de los Muertos.



No resulta sencillo acostumbrarse a un cuerpo nuevo. Quien piensa que es como dirigir a un clonimago por control remoto se equivoca. Esto no es un holograma sino un androide. Ahora tengo otro aspecto, mis proporciones son diferentes, mi organismo reacciona de manera distinta ante cualquier estímulo. Aún me llevará unos días dejar la convalecencia, alcanzar la armonía entre este cuerpo recién estrenado y mi mente. Al final puede que le haga la cirugía para recuperar mi aspecto original.
Desde la ventana contemplo una plazoleta del Barrio Gótico, el parque temático urbano de Barcelona, con adoquines ennegrecidos por la contaminación y alisados por los paseantes que la han atravesado a lo largo de los siglos. Apoyadas en la pared de una iglesia una gitana adivina el futuro de una joven interpretando los arcanos del cibertarot que se dibujan en una pantalla rectangular de plasma: El Servidor, El Lenguaje Cifrado, El Hacker… Un grupo de africanos presta la banda sonora al paisaje con sus instrumentos típicos de cuerda y percusión. En el centro de la plaza los pintores extienden sus tapices sensoriales y sus holopaisajes. Los turistas pasean sin perderse detalle, con los pilotos verdes de sus gafas de RV destellando en señal de grabación.
Intento distraerme, sin conseguirlo. Tras las revelaciones de Hobbes llegan las de Radiación. Las tremendas acusaciones resuenan en mis oídos.
- Los oráculos, el fruto de nuestro trabajo manipulado por Hiandong Li, bajo la apariencia de un benéfico servicio para el público son en realidad un instrumento de control social. Las pruebas que nos habéis traído demuestran nuestras sospechas.
Se refiere a aquella gema que tenía Hobbes. Luego me enteré que en los dos diamantes viajaban los teraflops que almacenaban nuestros cerebros. Toda mi existencia cabe en un trozo de piedra. Qué desilusión.
- Mediante los oráculos se han duplicado personalidades y se ha traficado con información obtenida de la copia de cerebros. Han obtenido muestras celulares y de sangre de individuos con un índice de pureza racial triple A. Todo con fines ilícitos, evidentemente. Tienen en sus manos un arma muy poderosa. Tanto que decidieron emplearla a fondo. Empezaron a implantar nuevos recuerdos. De esa manera limpian el pasado oscuro de cualquier persona, fomentan el deseo de consumir determinados productos, aseguran el apoyo ciudadano para ciertas fuerzas políticas… Todo es posible. Si nos fijamos en la ruta seguida por Paradiso comprobamos cómo ha pasado por zonas inmersas en procesos electorales. Siempre ganaron por clara mayoría las fuerzas oficiales, como pasará en Barcelona… a no ser que hagamos algo al respecto.
- Nadie lo creerá. La conspiración es tan monstruosa que la gente pensará que es imposible.
- Pero ahora contamos con pruebas fehacientes que demuestran que todas nuestras denuncias contra Paradiso son ciertas. Llevan tiempo manipulando a la gente a favor del mejor postor. ¿Qué pasará cuando los oráculos salgan de los tres centros flotantes y se instalen en las principales ciudades del mundo? ¿Y cuando dentro de unos años los oráculos estén en todas partes?
Desconecto los implantes que me unen al monitor médico que controla mi adaptación al nuevo organismo. Me levanto con renuencia de la camilla. El dolor de cabeza no remite. Ella parece tranquila. En cambio yo encuentro muchas dificultades.
- Quieren cambiar la voluntad de la gente –insiste-. Lo malo es que nadie apreciará los cambios. Para la mayoría la modificación no será tal al no tener conciencia de la misma. Como anticipó un pensador, algunas cosas deben cambiar para que todo siga igual. Las masas serán reorientadas para que las élites mantengan y aumenten sus privilegios.
- ¿Serán reorientadas? –levanto la voz-. No seremos, serán –estoy cansado de las palabras grandilocuentes, de soñar con convertirnos en salvadores de la humanidad-. Claro, somos sintéticos, no seres de carne y hueso, inmunes a sus manipulaciones. ¿Qué nos importa todo esto, qué te importa a ti? Oficialmente estamos muertos –exploto.
- ¿De verdad piensas que estamos muertos? Somos una versión pervertida del gato de Schrödinger, que ni está vivo ni muerto, sino en una superposición de ambos estados. ¿Un muerto experimenta emociones como lo hacemos nosotros? Eso es lo que nos diferencia de las máquinas. Sentimos felicidad, ira, alegría, temor… Para una máquina todo eso son conceptos teóricos, no el fruto de su experiencia. No es una realidad que influya en su comportamiento diario. Aunque carezcamos de derechos ciudadanos porque oficialmente ya no existimos gozamos de una vida más rica que la mayoría del Rebaño que se mueve por las calles. Podemos vivir en las redes o en un cuerpo como los nuestros hasta que decidamos borrar nuestra memoria –me mira fijamente-. Tú eres hindú. Sabes que según la reencarnación el comportamiento humano determina el siguiente estado que adoptaremos en vidas futuras. Viviendo en la red se supera ese concepto. Con la redencarnación cada uno elige la presencia que quiera, con independencia de los actos pasados -agita las manos, dando a entender que da la discusión por terminada-. No olvides que los oráculos no existirían sin mi trabajo y por eso mismo nadie tiene más responsabilidad ni conocimientos que yo para detenerles –su mirada se endurece-. Yo también soy su víctima, no lo olvides. ¿Quieres que un día tu hermano sea un zombi más en manos de Paradiso?
- Transmisión completada –un técnico interrumpe la terrible imagen sugerida por Radiación.
- Adelante con la siguiente fase –ordena ella-. Envía nuestros saludos al amigo del control de satélites.
- ¿Y ahora qué? –pregunto.
- Hemos enviado todos los datos recopilados a nuestras cédulas y acaban de recibirlos también nuestra gente en Luna Bay. Ya estamos preparados para el combate –anuncia con solemnidad-. David ha crecido unos cuantos centímetros y sus músculos se han ensanchado. Goliat tendrá que sudar para vencernos.
Me siento de nuevo en la camilla. En la calle se mezclan los fieles de la Iglesia Católica Reformada, que salen del servicio religioso, con los turistas. El tañido de las campanas se funde con el batir de los tambores del timba-rap. Sí, soy libre, pero nunca seré como esas personas, diga lo que diga Radiación.
- ¿Qué dice Hobbes? No le he visto desde que abandonamos Paradiso.
- ¿Él? –carraspea-. Ha decidido no salir de la red. Confinarse en un cuerpo le produce claustrofobia. Lleva demasiado tiempo ocupando grandes volúmenes de memoria… Yo dispongo de varios cuerpos autónomos en diversos puntos del planeta, con conexión permanente a mis bases de datos en la red. Puedo desconectarme a voluntad, con lo que si me atraparan sólo capturarían una carcasa de carne. Pero eso no le ha convencido.
- Cuando huimos no sabía que una copia suya se quedaba allí.
- De lo contrario hubieran sospechado inmediatamente que algo grave sucedía. Hubieran lanzado todas sus fuerzas contra nosotros y quién sabe si entonces hubiéramos recibido la arquitectura original de la IA que diseñamos y todos los desarrollos que ellos implementaron a lo largo el tiempo. Hobbes nos ha dado el tiempo necesario para prepararnos. Cuando lo descubran será demasiado tarde, aunque el destino de su copia en Paradiso será terrible… y eso es lo que le deprime.
Habla de él con veneración, acrecentada por el descubrimiento de que Hiandong Li se apoderó del cerebro de su hermano moribundo para contar con un creador que le asegurase el éxito del proyecto y luego decidió mantenerlo en cautividad al servicio de Paradiso. Además, durante todos estos años Hobbes mantuvo su existencia en secreto para evitar que Radiación y su gente realizarán alguna acción desesperada con objeto de liberarle y eso pudiera poner en peligro la incipiente ciberresistencia.
Una chica vestida con un ceñido traje de cuero rojo entra en la estancia. De su cinturón sobresale la empuñadura de una pistola de agujas. Parece excitada.
- ¡Están sondeando este sector casa a casa! Es uno de los dirigibles que proyectan publicidad sobre el barrio. Vienen hacia aquí. Tenemos que evacuar el edificio.
- Llegó la hora de separarnos –anuncia Radiación. Me entrega una cajita lacada-. No, no la abras ahora. Luego, cuando estemos fuera de aquí. Y no la pierdas.
- Dime por lo menos que derrotaremos a Paradiso, que mi sacrificio ha servido de algo.
- ¡Por supuesto que ha servido! –un trasiego de personas abandona la casa portando equipo y documentación, mientras unos pocos destruyen lo que no puede transportarse-. La lucha será larga y dura. El enemigo es muy poderoso. Vamos a difundir a escala mundial todas las pruebas en su contra. Les dejaremos tocados, pero esto sólo es la primera batalla. Sus equipos jurídicos y sus medios de comunicación se lanzarán contra nosotros… además de sus mercenarios. Tal vez la victoria oficial en las elecciones no sea tan satisfactoria como preven. La clave de todo estriba en vencer la batalla de la credibilidad. De conseguir que una parte significativa del Rebaño despierte de su letargo, que los ciudadanos complacientes les den la espalda. Entonces contemplaremos el comienzo de su declive, lento pero seguro.
Dos hombres apartan un mueble polvoriento. Pasamos a un estrecho pasadizo. Alguien dice que bajamos a la Barcino romana. Resoplo, más por la tensión que por debilidad o cansancio. Debo reconocer que este cuerpo es mejor que el que tenía antes.
- ¿Volveremos a vernos?
- ¿Quién sabe? –se encoge de hombros-. Nosotros seguiremos en las redes, fuera de su alcance. La revolución ha empezado y esperamos que se sume más gente… como tú.
Arriba se oyen explosiones, amortiguadas por toneladas de piedras milenarias. Llama a uno de sus hombres para que me escolte fuera del barrio.
- El azar –sonríe-. Así nos conocimos. Tal vez el azar nos reúna algún día.
Piedrecitas y nubes de polvo se desprenden del techo. Los asaltantes deben avanzar arrasando todo a su paso. Mi acompañante me tira del brazo, sacándome de allí.
Corremos sin mirar atrás, confundidos entre los paseantes que también se alejan de los disturbios. Entramos en la diminuta tienda de un artesano, donde nos ocultamos ante la indiferencia del tendero. Supongo que será un opositor al régimen. Afuera se oyen los helicópteros de la División Almogávar que sobrevuelan la zona buscándonos.
Abro la cajita. Encuentro un cubo de crédito, un billete para Nueva Delhi en el transbordador orbital, un código de contacto con la cédula local y una holofoto. Por un instante me quedo boquiabierto. Es mi hermano Sunil. Cómo ha crecido. El dorso incluye una dirección en Kolkata. Radiación debió pensar que sería justo que yo también encontrara a mi hermano. Por esto todo ha valido la pena.
Mi mente vuela al pasado, a las orillas del río Yamuna, en Nueva Delhi. Vivíamos cerca de Jamuna Basti, un inmenso suburbio con un millón de almas. El Yamuna fluye oscuro, fétido, cargado de detritos y aguas residuales sin depurar. La gente se arracima en las orillas, lavando la ropa. Allí las casas, si pueden llamarse así, son pequeños cuadrados con paredes de uralita o esteras, y techos de plástico. Sólo les preocupa sobrevivir un día más.
La campanilla de la puerta deshace bruscamente mis recuerdos. Es un niño con patines. Las autoridades han cerrado todas las salidas del Barrio Gótico y empezarán a peinar la zona casa por casa. El crío nos va a sacar a través de un túnel que se encuentra en una casa adosada a la muralla. Una vez fuera seré libre. Libre de recuperar a mi hermano, de rehacer mi vida. Caminamos furtivamente, pegados a las paredes, por un dédalo de calles sinuosas y estrechas que se asemejan a un laberinto. Una macizo portón de madera nos abre el camino a la libertad.
- ¿Y los demás? –no puedo dejar de pensar en la suerte que habrán corrido.
- No lo sé –susurra tristemente mi compañero-. Afortunadamente contamos con amigos aquí y espero que consiguieran burlar el cerco como nosotros –me da la mano-. Aquí nos separamos. Suerte, amigo. Y no olvide que en esta guerra todos somos necesarios.
Se integra en la marea humana, perdiéndose de vista en pocos segundos. Pienso en sus últimas palabras. Ahora volveré a casa, después de tantos años de ausencia. Regreso a un lugar donde la miseria más horrible camina de la mano junto a la sonriente resignación, donde la intelectualidad más orgullosa convive junto con la ignorancia absoluta, donde se exportan al mundo centenares de miles de licenciados informáticos cada año y todavía se siguen sacrificando niños a la diosa Kali.
He vivido en ambas orillas del río. Si quienes conocemos las diferencias entre ambas no nos enfrentamos a la injusticia merecemos que caigan sobre nosotros la ira de Durga, Chandi y Bhairaví. No soy ningún valiente, pero lucharé porque mi hermano y otros como él jamás sufran la tiranía de ser meros instrumentos en manos de otros, personas de tercera categoría, títeres movidos por los intereses de Paradiso y otros de su ralea.
¿De qué sirve recuperar la libertad si te sientas a esperar a que te la arrebaten de nuevo? Sunil se merece algo mejor de lo que yo he recibido en esta vida. Al menos lo intentaré por él.
En la pantalla de noticias de unos grandes almacenes un reloj anuncia que faltan seis días para las elecciones. Tal vez el día de los comicios el mundo empiece a cambiar. Eso dependerá de todos nosotros.

3 opinantes:

Juanma dijo...

ES uno de tus mejores cuentos, junto con "La venganza de Cárdenas Mulege" y "Río de acero ardiente". A mí me sorprendió por el rollito multicultural que planteabas, y, para mi sorpresa, en algún momento de los cinco años posteriores, Barcelona se convirtió exactamente en eso.

Una duda que siempre tuve. ¿Lo titulaste así por la canción de Jaume Sisa?

Cuelga más cuentos tuyos, porfa.

manu dijo...

Gracias, Juanma. Tal vez, dentro de no mucho, os dé una "sorpresilla" (también de corte multicultural in Barcelona).

Je, podría tirarme el rollo de que lo titulé por la canción, pero no. cuando lo escribí había una programa de TV en catalán que se titulaba "Qualsevol nit pot sortir el sol" (me imagino que por la canción), me gustó, y lo traduje.

Dentro de 15 días subo otro ;-)

Juanma dijo...

¡Yupi, yupi!

Pues aguardo esa sorpresa. :-)))